18 Sep

VER

Cuanto tenía seis o siete años y vivía en Pittsburg, a veces cogía uno de mis centavos y lo escondía para que alguien lo encontrara.

Era una compulsión curiosa que, por desgracia, nunca se ha vuelto a apoderar de mí. Por alguna razón, siempre ocultaba el centavo en el mismo tramo de acera. Lo envolvía entre las raíces de un sicomoro, supongamos, o en el agujero de algún adoquín levantado. Luego cogía una tiza y empezaba a dibujar, desde los dos extremos de la manzana, grandes flechas que conducían hasta el centavo.

Después aprendí a escribir y ponía cartelitos junto a las flechas: SORPRESA MÁS ADELANTE o DINERO POR AQUÍ. Mientras dibujaba las flechas, me entusiasmaba al pensar en el primer transeúnte

que recibiría de este modo, sin comerlo ni beberlo, un obsequio gratuito del universo.

Pero nunca me quedaba por allí merodeando. Me iba directa a casa y no volvía a pensar en ello hasta que, meses después, me asaltaba de nuevo el impulso de esconder otro centavo.

Seguimos en la primera semana de enero y tengo grandes planes. He estado pensando en el hecho de ver. Hay muchas cosas que ver, regalos desenvueltos y sorpresas gratuitas. El mundo está justamente salpicado de centavos lanzados al azar por una mano generosa. Pero – y esta es la cuestión- ¿quién se emociona por un simple centavo? Si sigues una flecha, si te acuclillas inmóvil junto a la orilla para observar un trémulo remolino agitado por el agua y recibes como recompensa la imagen de un cría de rata almizclera nadando sobre su madriguera, ¿considerarás que esa visión es simplemente un trozo de cobre y continuarás por tu triste camino?

Qué pobreza tan extrema en efecto, cuando un hombre está tan desnutrido y cansado que no se agacha para recoger un centavo. Pero si cultivas una pobreza y una sencillez saludables y el hecho de encontrar un centavo te cambia literalmente el día, en ese caso, como el mundo está sembrado de centavos, con tu pobreza habrás comprado días irrepetibles. Es así de simple. Lo que ves es lo que recibes.

Una temporada en Tinker Creek. Anni Dillard. 1974

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