13 Feb

Déficit de Naturaleza…y exceso

Desde hace tiempo he venido leyendo algunos artículos que hablan del Trastorno o Desorden por Déficit de Naturaleza. Al parecer –y digo al parecer porque no soy ninguna experta en el tema- last-child-cover-lrgel primero en poner el grito en el cielo fue un periodista americano, Richard Louv, que en 2005 publicó su obra “Last Child in the Woods”. En este libro alertaba sobre la desconexión que existe entre losseres humanos y la naturaleza durante la primera etapa de la vida: la niñez. Poco a poco los padres han ido privando a los niños de los charcos, la tierra, los insectos y las plantas y sustituyéndolos por la televisión, los ordenadores y las consolas. Existe un documental, Vuelve a jugar, que subraya este proceso de alejamiento.

Es un hecho contrastado, los niños de hoy en día no juegan al aire libre. Esto, según los pedagogos, puede traer consigo muchos problemas cognitivos y psicomotrices en el crecimiento de los niños. Así como, no cabe duda, de una alienación total sobre el medio que los rodea, con difícil hueco para la sensibilidad ambiental salvo la que puedan adquirir con programas de educación ambiental “indoor”. El Desorden por Déficit de Naturaleza tiene como síntomas la falta de autonomía, dificultad para concentrarse, ansiedad, hiperactividad o incluso secuelas directas sobre la salud. Más o menos lo que le ocurrió a Heidi cuando le cambiaron el paisaje de las montañas por la ciudad, donde luego enfermó. Vamos, que no es moco de pavo, por lo que han surgido asociaciones y profesionales que se han propuesto como misión restablecer estas relaciones entre niños y naturaleza.

Luego estos niños, los niños en general, crecen y como adultos pueden seguir manifestando ese déficit de naturaleza en forma de estrés, depresión, nerviosismo, insomnio, etc. Muchos hemos experimentado esa sensación de necesidad de ir al campo, a la playa, a un espacio abierto, y la satisfacción posterior de haber estado en esos sitios. De hecho, cada vez más, se introducen en los programas de salud mental las actividades al aire libre como tratamientos complementarios. Existen estudios que corroboran sus efectos positivos.

Sin embargo, este trastorno no nos afecta a todos por igual. Dependiendo del lugar en que nos encontremos, primer o tercer mundo, entorno urbano o entorno rural, podremos desarrollar esta perturbación o no. Esta carestía que definen psicólogos, pedagogos y terapeutas va muy a la par con la percepción que tenemos de la naturaleza y desde luego, todos los textos enlazados aquí destilan una mirada bucólica hacia los paisajes naturales, entornos de recreo y esparcimiento donde deberíamos relajarnos y pasar el domingo. Comparto parte de esta perspectiva, pero desde la primera vez que leí sobre el Déficit de naturaleza me vino a la mente el otro extremo, el del exceso –si se puede acuñar así, aquí que me ayude un especialista si alguno lee este blog-.

Recuerdo un antiguo compañero de trabajo que acababa de casarse con una chica de Barcelona y se habían mudado a una zona rural de Tenerife. Este chico venía los lunes a trabajar apático porque su compañera se había pasado el domingo llorando porque la falta de gentío le producía ansiedad. Echaba de menos la muchedumbre y aglomeraciones de las calles de Barcelona y aquí no hay nada comparable, salvo Santa Cruz en Carnaval. Otro ejemplo en el extremo: los trabajadores del sector primario o habitantes del mundo rural. Por ejemplo preguntemos a un minero que se ha tiznado todos los días laborales de su vida y seguro que está cansado del contacto con el terruño. Más ejemplos. Mi abuela y el sol. Siempre recuerdo la expresión de incredulidad de mi abuela, mujer de campo, al ver a los nórdicos en las playas de la isla pasando horas y horas al sol. No sólo no lo entendía, le espantaba. Desde luego, ella no ha tenido problemas de carencia de vitamina D, pasó toda su juventud a la intemperie en el campo y odió al sol con todas sus fuerzas cuando aparecía inclemente en los días de trabajo en la huerta de papas. También recuerdo a una pinochera hace años que me confesaba que eso de ir de caminata para el monte ella no le veía la gracia, no le gustaba. Claro que no, para una persona que se hartó de caminar por el monte buscando hojarasca para llenar la carga con los dedos de los pies entumecidos de frío, bosque y diversión no casan.

Baño en Agaete (GC)

Baño en Agaete (GC)

Un ejemplo más gráfico es el de los pescadores. Desde la casa de mis padres se ve el mar y cuando era chica, a veces, las chalanas de los pescadores se volcaban. Recuerdo una ocasión en que esto ocurrió y dos pescadores gritaban auxilio desde el mar, agarrados a la quilla de la embarcación. El mar estaba bueno, pero ¡no sabían nadar! Finalmente los hombres fueron rescatados, pero yo me quedé impresionada con la estampa. Cómo era posible que profesionales del mar, que están todos los días embarcados, no supieran nadar. Pues no. Ni siquiera creo que vieran el mar como lo vemos los que disfrutamos con un ejercicio tan placentero como un baño en la playa.
Si a estos actores, al minero, a mi abuela, a la pinochera o al pescador les contase sobre el desorden por déficit de naturaleza, ¿creen que lo entenderían? Yo creo que no, su percepción del medio natural es otra. No es que no sepan apreciar la belleza de un atardecer o disfrutar del canto de un pájaro. No es eso. Trata más de la visión que tienen de ella, como un recurso esencialmente productivo, una fuente de vida, a veces agradecida y muchas veces dura, imprevisible e implacable.

Es evidente que la forma de relacionarnos con la naturaleza ha cambiado. Seguirá evolucionando. No tardará en salir una corriente de opinión que manifieste que esa forma de denunciar una desconexión con la naturaleza ya es una evidencia de la propia desconexión –valga la redundancia-. También habrá quien considere que, como todo en la vida, los extremos -excesos y déficits- son malos.

+ info:
Educar en verde.
Visiting a park could sabe your life, scientific say.
Un estudio concluye que caminar por la naturaleza te hace más feliz (en inglés).
El trastorno de déficit de naturaleza en la escuela.
¿Existe el síndrome de déficit de naturaleza?

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